Hay que poner cuidado que el intelecto de la palabra junto a su sonoridad
no le gane al sentido. El sentido mismo se sitúa en el corazón y conecta las entrañas con el cerebro.
Y así es en todo orden de cosas.
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Para impresionar me he pillado soltar rimbombantes pseudos-inteligencias netamente cerebrales, productos envasados al vacío y en ese mismísimo momento estoy perdiendo el rumbo.
Lo penoso de tanto esfuerzo es que aquello no impresiona a nadie, mas bien el resultado es hueco, lejano, frío. De eso me entero por un nudo que se me instala en la garganta y una sensación de estar deambulando sola, como pedazo de madera flotando entre las olas, a la deriva.
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Qué paradoja, lo que verdaderamente cala hondo es cuando la verdad, directa, cercana y mucho mas simple derriba mis propias fronteras y muros de contención. Entonces fluyen las palabras, claritas, como el agua de un estero y ya no se requieren complicadas traducciones. La palabra con sentido es coherente, involucra el todo. Lo sabe la cara, lo saben las manos, lo sabe el cuerpo entero hasta la punta de los pies.